sábado, 9 de abril de 2016

Patricia “Rambo del Litoral” Bullrich;El efecto combatiente camuflada



Por qué se disfrazan los ministros de Seguridad. Patricia “Rambo del Litoral” Bullrich, uniforme norteño y cómo vestirse si hay pobres cerca.
Es inevitable imaginar la situación: la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, se prepara para viajar a Puerto Iguazú y recorrer junto a algunos medios periodísticos la zona de la triple frontera. Abre el placard y pasa revista a sus prendas informales. Ni jeans, ni joggins, nada de lo que tiene le parece adecuado para supervisar el “operativo fortaleza”, como se bautizó al plan mixto oficial antiterrorismo-antinarcotráfico en el límite más caliente del país. Bullrich debe haber pensado que para acompañar semejantes hipótesis de conflicto se imponía un outfit más intimidatorio y se hizo despachar un atuendo de regimiento que dejó mudos a sus anfitriones y mantuvo divertidas a las redes sociales, con usuarios incrédulos ante una foto que merecía ser una broma de Eameo. Juro que para convencerme de la veracidad de la imagen tuve que ver que en la web oficial de la Casa Rosada estaban subidas las imágenes de nuestra Rambo del litoral. Con pantalones camuflados, remera verde oliva, borcegos para la envidia de adolescentes anclados en sus Dr. Martens y el curioso remate de un sombrero más propio de “Cocodrilo Dundee” que de combatientes argentinos: faltó un hijo, un marido, un subordinado leal que la pusiera en fashion emergency a tiempo.
En defensa de la funcionaria, que ya bastante batalla sin tregua con sus peinados, hay que decir que es propio de la condición humana –y sobre todo de los guardianes de la seguridad nacional– dejarse tragar por el personaje. Su antecesor Sergio Berni nos acostumbró a estar en todas partes, un superhéroe con vestuario ad hoc; símil policía motorizado, medio cuerpo fuera de un helicóptero en vuelo, casco y chaleco de la PFA, aunque ningún atavío tan memorable como aquel mameluco blanco con capucha y máscara antigás que se calzó para recorrer el puerto porteño en medio de una nube tóxica que creyó necesario atravesar personalmente.
Después de todo, las prácticas del vestir son, para quienes se saben expuestos a la consideración pública, una oportunidad de revalidar el rol encarnado. Antes que las palabras, el lenguaje del cuerpo arropado impone su discurso. Y si los funcionarios encargados de hacernos sentir seguros acuden a la literalidad de un disfraz de mando, otros modos de camuflaje se activan en situaciones en que no sólo la identidad se pone en juego. También la culpa. Por caso, cuando es preciso presentarse en ambientes ajenos al propio, con personas de condición socio económica desfavorecida. Dicho desde el llano: la gran duda de políticos y celebrities salidos del corral de bienestar es: ¿cómo hay que vestirse para ver a un pobre de cerca?
Artistas, reyes occidentales en plan de lavar excesos y apenas famosos de paso por África, han concluido que la indumentaria safari es lo más adecuado para visitar campos de refugiados; en ocasiones con un esmero por el lookeo digno de un set de filmación. Angelina Jolie llegó a adoptar un velo de criatura de Franco Zeffirelli, que impone devoción entre los niños que la rodean cuando salta de la alfombra roja al infra Tercer Mundo.
El norte argentino es otro de esos escenarios que despiertan el efecto camuflaje. De Santiago del Estero para arriba, el dress code es de impronta fajina, con la chaqueta verde militar como prenda fetiche. La llevó con gran estilo la primera dama Juliana Awada cuando en diciembre visitó Jujuy en familia. Y ya había experimentado variaciones sobre el mismo tema Karina Rabolini cuando en plena campaña recorrió la quebrada de Humahuaca uniformada con borcegos y equipos en sintonía de caquis castrenses.
Isabel Macedo, la más reciente celebrity arrancada por el amor del coolismo palermitano, ya oficia de primera dama salteña adherida al gobernador Urtubey, con un guardarropa a pura trinchera y vicuña.
Según la biología, el mimetismo es un intento por engañar los sentidos de otros animales, la habilidad de asemejarse a organismos con los que no se guarda relación. Todo un esfuerzo de preservación del que algo habremos heredado.